Viajes con mi perro

Visita a Santiago de Compostela y Combarro de camino a Meaño.

Un mediodía de hace muchos años, tantos, que prefiero no pensar en cuantos para no deprimirme, salí de Santiago de Compostela cerrando así definitivamente una etapa de mi vida, la de estudiante de la Universidad de dicha ciudad.


También es mediodía el día en que estoy a punto de volver en mi coche a Santiago, esta vez en compañía de Cooper y tras un viaje que comencé unas horas antes desde el Hotel Castro 54 en Sada.

Cooper en el Hotel el castro 54 antes de salir de viaje hacia Santiago de Compostela.

En mi camino hacia allí mi cabeza se llena de poesía. Mientras conduzco me pregunto que queda de aquella joven llena de vitalidad y entusiasmo, ingenua hasta la idiocia, que fue estudiante universitaria en esa ciudad hace tantos años. Y al responderme que, probablemente nada, resuena en mi cabeza el poema de Jose Hierro (1922-2002), Vida.

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo,
supe que todo no era más que nada.

Grito "¡Todo!" y el eco dice "¡Nada!"
Grito "¡Nada!" y el eco dice "¡Todo!"
Ahora sé que la nada lo era todo
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva era la nada).

Qué mas da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

Más adelante pienso en toda la gente que se ha desaparecido de mi vida porque se ha muerto en sentido real o figurado, lo que me hace recordar el poema de Cesare Pavese (1908-1950).

Todo es lo mismo.
El tiempo se ha ido.
Un día llegaste,
algún día morirás.
Alguien ha muerto
Hace mucho tiempo.

Y así, sin apenas darme cuenta llego a Santiago de Compostela y aparco mi coche en el Parking Juan XXIII situado en a avenida del mismo nombre que por supuesto no existía en la los años que viví allí.

Durante la Edad Media, Santiago fue el tercer destino de los peregrinos cristianos después de Jerusalén y Roma .

La iglesia de San Francisco.
El parking está muy cerca de la parte monumental, así es que camino unos metros, paso por delante del Convento Iglesia de San Francisco fundada por San Francisco de Asís en su visita a Santiago en 1214 y desemboco en apenas unos minutos en la Plaza del Obradoiro.

En torno a la Plaza del Obradoiro se despliega un conjunto de edificios históricos sin apenas parangón en Europa.

Entre ellos el Parador de los Reyes Católicos con una elaborada portada renacentista, mandado construir por los Reyes Católicos como posada y hospital para los peregrinos y enfermos y hoy convertido en parador. O El Pazo de Raxoi construido en 1772 y sede del Ayuntamiento y de la Xunta de Galicia.





Y por encima de todos ellos, por supuesto, la Catedral, con sus dos torres barrocas de 74 metros cada una. El edificio actual data de los S.XI-XII y ocupa el solar de la primitiva basílica del S.IX construida por Alfonso II. Desgraciadamente el Pórtico de la Gloria, una de las maravillas del arte cristiano, está siendo restaurado en ese momento, así es que sólo puedo admirarlo de refilón entre andamios. Supongo que la catedral está necesitada también de una restauración o por lo menos de una limpieza del musgo de color amarillento que la recubre y que la afea mucho.

Desde la Plaza del Obradoiro, me acerco a la Plaza de las Platerías con una fuente del S.XVII en el centro para luego perderme por la rúa do Franco, la do Vilar, la rúa Nova... pero no encuentro ni un atisbo de la ciudad que conocí en mi juventud excepto, obviamente, por los  monumentos. Sólo veo turistas y turistas y turistas y algún peregrino y los bares que antes poblaban la rúa do Vilar donde se tomaba el ribeiro en unas tazas blancas, convertidos hoy en gran parte en tiendas de recuerdos para los mismos.


Le comento a una de las pocas personas que parece de allí y con la que coincido en un semáforo en rojo que con esta avalancha de turistas la ciudad me parece que pierde su carácter y ella está de acuerdo. Me dice que ni tan siquiera cuando empieza el curso académico los estudiantes vuelven a tomar la ciudad como en los día que yo recuerdo. Y me explica que ahora hay Universidad en otras ciudades gallegas, otro absurdo más de nuestro país me dice mientras se aleja…

Ni que decir tiene que la ciudad me sigue pareciendo una maravilla, pero pienso que quizás para disfrutarla aún más deba volver un día lluvioso de invierno.

La Alameda, con la estatua de Las dos Marias, Maruxa y Coralia, que se hicieron populares en los años cincuenta y sesenta en que salían todos los días vestidas de forma estrafalaria, a las 2 de la tarde, a flirtear con los estudiantes.
Ahora voy a la Alameda que está preciosa, la atravieso y compruebo, ya en la parte nueva, que sigue abierta la Librería Follas Novas que me surtía entonces de libros, lo que no sé muy bien por qué me produce un cierto alivio. En un bar cercano, me compro un bocadillo que tomo en unos de los bancos del parque de la Alameda y que comparto en parte con Cooper.


Sigo callejeando sin rumbo fijo hasta acabar de nuevo en el parking. Monto a Cooper en el coche y sigo mi camino hacia Meaño, en la provincia de Pontevedra, donde tengo reservada una habitación en el Hotel la Quinta de San Amaro.

Combarro.

No es mucha la distancia que separa Santiago de Compostela de Meaño, pero como me sucede a menudo invierto más tiempo del que google maps suele indicarme, pues tengo una extraña inclinación a perderme. En esta ocasión, me equivoco de salida, pero por una vez no puedo sino alegrarme de mi equivocación. Y es que  cuando pregunto en una gasolinera, me indican que lo mejor que puedo hacer es ir hasta San Xenxo por la costa y y desde ahí a Meaño.

Y es justamente esa carretera por la costa, la que me depara una estupenda sorpresa que no es otra que descubrir en el camino un pueblecito precioso llamado Combarro construido al lado del mar al borde de la Ría de Pontevedra y que constituye uno de los enclaves más originales y pintorescos de toda la región de las Rías Bajas.


Dejo el coche aparcado en el paseo marítimo por el que camino hasta adentrarme en el casco antiguo donde se pueden encontrar muchos cruceiros y sobre todo muchos hórreos, sesenta, de ellos treinta alineados en la costa.


Como sucede con los hórreos y paneras asturianos, los hórreos gallegos están sobre columnas para evitar que los ratones o la humedad del suelo estropeen la cosecha, ya que su función es la de almacén para guardar los alimentos como las patatas y el maíz.


En cuanto a los cruceiros, están considerados como una de las manifestaciones más genuinas de la arquitectura popular gallega. Poseen un carácter simbólico sagrado y una función protectora. Situados con frecuencia en las encrucijadas, se cree que su función principal fue la de cristianizar lugares de culto paganos, por lo que la cultura popular los vincula con espacios mágicos en los que se celebraban reuniones de magia, brujas o ánimas. En Combarro hay siete en su casco antiguo.


Hay también multitud de bares y restaurantes con terrazas que invitan a sentarse a comer, pero yo no me detengo en ninguno pues estoy deseando llegar al hotel e instalarme.


Así es que regreso por la rua Cega, la única en que las casas no están orientadas al mar, probablemente porque sus habitantes se dedicaban a labores de labranza y no a tareas dedicadas al mar y en unos minutos vuelvo a estar en el coche para ir hacia Meaño.



No puedo evitar, sin embargo, hacer todavía otra parada. Y es que, aunque a menudo me dan ganas de llorar por el destrozo arquitectónico que supone la construcción de muchas casas feas que veo por el camino, la vista sobre la ría es preciosa por lo que decido parar en la terraza de una confitería que creo recordar se llamaba A Granxa, situada apenas a unos metros de un mirador que creo que tiene el mismo nombre. En la terraza de la confitería me temo un té disfrutando de una hermosa panorámica de la ría de Pontevedra y sus bateas.

La ría de Pontevedra.
Y por fin, y tras una breve parada en San Xenxo cuya playa me pareció más bonita de como la recordaba y en donde valoré que al menos la altura de las casas de la primera linea de la playa guardasen la misma altura, llegué a Meaño, un pueblo situado en plena zona del vino de albariño y en donde voy a pasar las dos próximas noches en el Hotel la Quinta de San Amaro...

San Senxo.





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